Principal

El mundo entero llora la muerte de José Antonio Marín

Introducción-reflexión

Así podríamos titular la crónica de la muerte de nuestro querido José Antonio Marín. Como dijeron sus sobrinos en un texto leído al final de su funeral este “ciudadano del mundo” ha dejado tristes a muchas personas en Lourdes, Santiago de Compostela, Jerusalén, todas las poblaciones de la ruta de San Pablo, en el pueblo de Burkina Fasso y su misión de Segueré, Calatayud, Fuentes de Jiloca y Montón.

Su pérdida trasciende el ya importante hecho, de que es un sacerdote menos para atender esta Diócesis de Tarazona, ya que nos quedamos sin un buen amigo, sin una persona culta y preparada para poder explicar las Escrituras, sin un peregrino incansable, sin un genial conocedor de la tierra de Jesús y de la tierra por la que el Apóstol de los gentiles viajó y predicó la Buena Noticia, sin un confidente al que confiarle un secreto, sin un misionero que había descubierto en África y en los cristianos de Tierra Santa su vocación ad gentes, sin un sacerdote que, con sus aciertos y sus defectos, con lo que él era, amaba a Cristo y a su Iglesia.

Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y, poco a poco, hemos de ir descubriéndolo desde que nacemos hasta que morimos. José Antonio, hasta en sus últimos días, supo ser testigo de Cristo. Las circunstancias han querido que, a la vez que recordábamos y celebrábamos la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, él pasara su particular pasión de hospitales, de operaciones… hasta llegar el fatídico día de su muerte. Pero Dios, que es Padre y es bueno, se lo ha llevado junto a Él en el tiempo Pascual haciéndonos ver que la muerte no es el final del camino, porque ya ha resucitado en el cielo y Dios le ha dado un gran abrazo de paz "porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber…"

El día de su funeral fue “un gran canto a la vida” como nos decía su sobrina Arachu. Fue una demostración de cariño, de amistad, de fraternidad sacerdotal (más de 100 sacerdotes nos acompañaron en la celebración que presidió Mons. Demetrio Fernández). Tomás López, Párroco de San Juan el Real de Calatayud, tuvo unas sentidas y emocionadas palabras de afecto y reconocimiento a la persona y a la obra de su querido amigo y compañero. Los Franciscanos de Tierra Santa enviaron una carta de condolencia y Carmen, su sobrina, leyó en nombre de toda la familia un precioso texto que se puede leer en esta web. Florentino Nonay, Párroco de Viver de la Sierra, pueblo natal de José Antonio, también leyó un texto en nombre de todos los sacerdotes. Y son muchos los mensajes de condolencia que nos siguen llegando desde la Casa de Santiago, Belén...

José Antonio comenzó su ministerio en Talamantes (2 años), pasando después a Torrelapaja, Berdejo y Bijuesca (7 años). Desde allí marchó a Paracuellos de Jiloca y atendió como capellán las Religiosas Salesas de Calatayud (8 años) y Olvés (2 años). Después fue formador del Seminario Menor de Tarazona durante cuatro cursos (de 1982 a 1986), pasó a Ibdes y Llumes (2 años) hasta que fue nombrado Vicario Parroquial de San Juan de Calatayud (6 años), desempeñando también algunos cargos diocesanos y arciprestales (delegado del V Centenario del Descubrimiento de América, delagado del Año Santo Compostelano). Últimamente siguió con la Vicaría Parroquial de San Juan, atendiendo igualmente las parroquias de Fuentes de Jiloca y Montón. Estando en Paracuellos de Jiloca inició los trámites para que viniera una comunidad de Hnas. Franciscanas Misioneras de María que siguen hoy en día dedicadas a atender la labor pastoral de estos pueblos. Fue Rector de la Casa de Santiago en su querida Jerusalén. Director, también de la Casa de la Iglesia de Calatayud. A lo largo de su vida publicó infinidad de artículos y cuatro libros: “Iniciación a la lectura de los Iconos” (1990), “Mi peregrinación a Tierra Santa” (1994), “Las iglesias cristianas orientales” (1999) y “Por los caminos de San Pablo” (3ª Ed. 2005). Además muchos otros textos quedaron sin publicar formalmente pero iluminaron la Palabra de Dios y su mensaje en los múltiples cursos que impartió de Biblia.

En estos últimos años, como decía, ha estado dedicado a su labor como Vicario de la Parroquia de San Juan de Calatayud, Párroco de Fuentes y Montón y a su querida misión de Segueré. De allí nuestra Diócesis tiene el honor de haber acogido a Justine, diácono, que se ha formado aquí para atender pastoralmente a su pueblo africano. En Segueré queda una huella inborrable y un testigo que tenemos que recoger.

Ahora nos toca, como cristianos, preguntarnos qué nos quiere decir Dios con esta muerte, qué espera de nosotros, de esta Diócesis de Tarazona pequeña y humilde. ¿Acaso éste va a ser un empuje para rogar al dueño de la mies que envíe obreros a su mies? ¿Es una llamada para que cuidemos a esta misión de Bobo Diulasso en Segueré, África, y toda la Iglesia Misionera?

Una frase, no sé de qué autor o fuente, dice que la importancia de una persona no se mide por el espacio o el cargo que ocupa, sino por el vacío que queda tras su marcha. Este vacío es gigantesco pero, a la vez, lleno de esperanza por la fe en la Resurrección.

Adiós, querido José Antonio, intercede por nosotros ante Dios y su Santa Madre. Que tu vida sea ejemplo y ánimo para seguir adelante.

Andrés Roque